Este sacerdocio común de los fieles es donado con el Bautismo, que nos habilita para rendir culto a Dios en espíritu y en verdad y a «confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios mediante la Iglesia» . Además, a través del sacramento de la Confirmación, todos los bautizados «se vinculan más estrechamente a la Iglesia. (...) » . Esta consagración está en la raíz de la misión común que une a los ministros ordenados y a los fieles laicos.
(...) También las formas asociativas eclesiales son ejemplo luminoso de la variedad y de la fecundidad de los frutos espirituales para la edificación del Pueblo de Dios. Queridos, despertemos en nosotros la conciencia y la gratitud de haber recibido el don de formar parte del pueblo de Dios; y también la responsabilidad que esto conlleva.
Audiencia general, 18 de marzo de 2026
El Concilio Vaticano II: la estrella guía de la Iglesia
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